lunes, 23 de mayo de 2016

Resumen de Análisis costo-beneficio

Análisis costo-beneficio

Mariana Patricia Aguirre Rueda 214534016

Los análisis de costo-beneficio (ACB) requieren que las consecuencias de la intervención a evaluar sean expresadas en términos monetarios, lo que permite al analista hacer comparaciones directas entre distintas alternativas por medio de la ganancia monetaria neta o razón de costo-beneficio. El hecho que tanto los beneficios como los costos estén expresados en una misma unidad facilita que los resultados finales sean analizados no sólo en el ámbito de la salud, sino que también en comparación a otros programas de impacto social como es el caso de la educación o el transporte público.
En términos generales existen tres métodos para asignar un valor monetario a beneficios en salud: capital humano, preferencias reveladas y disposición de pago o valoraciones de contingencia. Cuando se utiliza el método de capital humano,  los beneficios se cuantifican en relación al cambio o mejora de la capacidad en la productividad de los individuos medida por ingresos económicos asociados a esa productividad. Los estudios de preferencias reveladas por otra parte, buscan inferir la valoración de la salud a partir de las decisiones que toman los individuos en la práctica. Por ejemplo, se puede determinar la equivalencia entre el valor asociado al riesgo de tener un accidente laboral y el nivel de ingresos en una determinada profesión. Finalmente, en las valoraciones de contingencia, los individuos deben responder cuanto están dispuestos a gastar para obtener un determinado beneficio en salud o evitar los costos de una determinada enfermedad.
El análisis costo-beneficio
El análisis costo-efectividad permite la comparación de programas cuyos resultados pueden medirse
En  las mismas unidades. Sin embargo, en muchas ocasiones tenemos que enfrentarnos con el caso
 Problemático  y difícil de programas con diferentes resultados.
Podemos pensar en dos tipos de situaciones: a) programas que producen varios efectos, comunes a todos ellos, pero en distinto grado en cada programa, y b) programas que producen uno o varios efectos distintos.
Un ejemplo de la primera situación lo podríamos encontrar si incluyéramos variaciones en la calidad de vida al comparar diálisis domiciliaria, diálisis en el hospital y trasplante de riñón. También podríamos incluir las complicaciones médicas de cada uno de los sistemas. En este caso, cada uno de los programas tiene tres efectos y cada uno en grado distinto.
Un análisis costo-efectividad requeriría hallar tres ratios para cada uno de los efectos. El problema radicaría en el hecho de que no hubiera un programa que fuera superior a los restantes en  cada uno de los tres ratios. ¿Qué programa elegir entonces? Ante esto son posibles dos alternativas: establecer prioridades en los efectos o combinar los efectos y producir un denominador común. Es decir, supongamos que la diálisis produce más años de vida, con baja calidad y con pocas complicaciones, mientras que el trasplante produce menos años de vida con más calidad y con pocas complicaciones.
Para elegir entre estas dos alternativas podemos establecer prioridades (por ejemplo, cantidad  de vida antes que calidad o viceversa) o combinar los efectos en un denominador común (por ejemplo, un año de vida en el estado X es igual a 8 meses en el estado Y). Un ejemplo de la segunda situación sería la comparación de un programa de detección de los hipertensos para prevenir muertes por infarto y un programa de vacunación contra la gripe para disminuir el número de días de trabajo perdidos. No hay manera, en principio, de comparar estos programas.
Los casos expuestos son una muestra de la necesidad de utilizar un denominador común para poder evaluar distintos programas Para ello hay que dar un valor a los efectos de cada medida.
Una manera de hacerlo es utilizar el dinero: dar un valor monetario a los días de trabajo perdidos que se evitan, a los años de vida ganados o a las complicaciones médicas que se evitan. Cuando utilizamos el dinero como denominador común estamos ante el análisis costo-beneficio (ACB).
Cuando un programa o intervención sanitaria ocasiona mayores costos y también mejores resultados, el análisis costo-efectividad no proporciona información suficiente para decidir si éste debe ser adoptado o financiado. Con el análisis costo-efectividad, en este caso, se requiere algún criterio externo (a menudo arbitrario) sobre el costo máximo por unidad de efectividad o el costo máximo por año de vida ajustado por calidad que estamos dispuestos a financiar. Es decir, aunque el análisis costo-efectividad, aparentemente, evita la valoración monetaria de los efectos sobre el estado de salud, para que sus resultados sean utilizados en la toma de decisiones se requiere que «alguien» establezca de  forma implícita o explícita ese valor monetario para el efecto sobre la salud.
 En términos generales, el análisis costo-beneficio ha sido poco utilizado hasta la actualidad en el contexto de la evaluación de proyectos cuyo resultado principal consiste en la mejora del estado de salud de los individuos. Ello ha sido debido a las dificultades y resistencias que presenta la valoración monetaria de los cambios en el estado de salud.
En realidad, durante muchos años la evaluación económica de programas sanitarios ha preferido la utilización de técnicas de evaluación como el análisis costo-efectividad o el análisis costo-utilidad que utilizan medidas de resultado en unidades físicas (años de vida o años de vida ajustados por calidad, por ejemplo) en de tipo monetario. La aplicación de nuevas técnicas  de valoración monetaria, como la valoración contingente en salud, sin embargo, está reabriendo de nuevo el camino para un creciente desarrollo del análisis costo-beneficio en sanidad. Las ventajas de la aplicación del análisis costo beneficio en la valoración de programas, cuyo efecto principal consiste en cambios en el estado de  valoración de programas, cuyo efecto principal consiste en cambios en el estado de salud, reside en el hecho de que este enfoque es el único que se encuentra bien fundamentado en la economía del bienestar y el único que puede ser utilizado para informar decisiones de asignación de recursos, tanto entre programas  sanitarios como entre programas sanitarios y no sanitarios.
En sus inicios, la valoración monetaria explícita de los efectos sobre el estado de salud en un ACB se realizó en función de la capacidad de producción de bienes y servicios que suponía la mejora del estado de salud de los individuos (enfoque del capital humano). Así, el valor monetario del tiempo vivido en un mejor estado de salud se valora en este enfoque mediante los salarios y se obtiene el valor actualizado de los salarios futuros como medida de resultado. Algunas críticas a la utilización de este enfoque resultan obvias: los salarios no siempre reflejan la productividad marginal de los trabajadores, sino que en el mercado de trabajo subsisten desigualdades e inequidades que poco tienen que ver con el valor social de la productividad; por otro lado, una medida del valor social de los resultados de los programas de atención sanitaria requiere valorar no sólo el tiempo de los que trabajan sino también de los que no lo hacen.
Si lo que se pretende es obtener una medida (monetaria) del bienestar social aportado por una intervención sanitaria, entonces lo que deberíamos medir es la suma del bienestar de cada individuo, siendo éstos los más indicados para establecer cuál es el valor que conceden a una determinada mejora del estado de salud (utilidad).

Bibliografía/ Referencias


·         IVÁN JOSÉ TURMERO ASTROS. (2010). Evaluación de proyectos por medio del análisis costo beneficio . monografias , 2, 22
·         VÍCTOR ZARATE. (2010). Evaluaciones económicas en salud: Conceptos básicos y clasificación. Rev Med Chile, 13, 5
·         J Puig-Junoy a, JL Pinto-Prades a, V Ortún-Rubio a. (15 abril 2001). El análisis coste-beneficio en sanidad. Atención primaria , 27, 8.


Ejercicio en Clase:



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